Fue el brillo intenso de su gloria inmarcesible.
Fue la sensación del júbilo inmortal.
Por su corta edad, pensaba que nada se comparaba
con lo que ha vivido, pero el glorioso encanto de un nuevo paradigma le abrió
los ojos.
Quizás suene extravagante pero es así. Solo tiene
cinco años. Dice haberlo visto todo.
Sucedió en su lugar de origen. No sabe cómo
explicarlo, pero un halo de satisfacción colma su mente y para él, eso es lo
importante.
Disfrutó toda la fiesta: la alegría de su música, la
perfección de su ritmo, la angustia ante su adversidad, y sobre todo, ese júbilo
inmortal que antes no había vivido.
En la calidez de aquella habitación, bajo el más
temible frio de una fuerte temporada invernal, susurraba en silencio su nombre y
celebraba a grito herido su triunfo. Y entre alegrías y tristezas, y un vaivén
de emociones, pudo volver allí.
Evidenciar la reciente historia escrita por
Colombia no tiene precedentes en su vida. Tal vez no lo tendrá para cualquier colombiano. Ese
es el efecto. Se desconoce el nombre.
Solo lo transmite un sentir nacional.
Nadie lo ha entendido. Ningún
“líder” en tan amada patria.
Donde él está, las sombras giran en sentido
contrario a las manecillas del reloj durante el día, pero puede ver el contorno
de una tierra que hasta hace poco mostro sus más lindos colores.
Su corazón vibraba con cada color. El amarillo lo
hacía fuerte; el azul toleraba su nostalgia y el rojo lo hacía bailar.
Aunque lo inquieta una constante neblina cargada de
melancolía, ésta a veces se vierte en tres océanos que hoy lo rodean.
Aprendió con cada pase, cada falta, cada grito,
cada ola, incluso cada lágrima. Lució todas las camisetas habidas y por haber.
Soñó y volvió a despertarse. Despierto,
todavía lo disfruta. Es su realidad.
“Ya lo vi Mami”, repite. Y dicen que cuando ves,
puedes sentir. Sentir por ejemplo, que es un soplo la vida y que un lamento no
evapora una exhalación.
Muchas cosas, más un vacío llenan su maleta. Su destino es claro, pero no lo es su marcha.
El camino ya recorrido le basta. Se detiene, pues
cuestiona cómo indescifrables millas náuticas, que marcan la distancia entre
masas terrestres, imprimen cada vez más ese sentir en su corazón. Ese mismo que
lo llevo allí de la mano de su realidad.
Una realidad alimentada por “la, la, las”, por
breves horas de conversación audiovisual, por sendas lecturas explicitas y por
los mejores goles que jamás haya visto en su vida.
Si. Ese es el efecto. O quizás la magia. Fue la Selección Colombia. Fue el brillo
intenso de su gloria inmarcesible. Nadie lo imaginó. Todo el mundo lo vio.
En cualquier continente, colombianos, al igual que él,
añoran la civilización. Su olor es casi imperceptible. Se vive de una ilusión.
Solo de eso.
Lejos de aquel Meridiano 82, en esa mitad del globo
terráqueo, al sur de la línea del Ecuador y donde el sol calienta diferente, él
pudo entender lo que significa ser colombiano.
Océanos Pacífico, Antártico e Índico no ensombrecen
sus sentimientos. Corrientes marítimas que van y vienen, transportan sus
recuerdos.
Vientos unidos a la inercia producto de la rotación
terrestre, llevan y traen mensajes de aliento. Pero su música, su música invade
su ser. Siempre llega a sus oídos. Quiere seguir bailando. Quiere que su júbilo
sea inmortal.