Cuarenta es un número abundante. De abundancia habla mi vida.
Leí en Wikipedia que de la voz ‘40’ salen pocos derivados. De la mía salen muchos.
Cuarenta son las horas que dura la exposición del Santísimo Sacramento y 40 son los días que preceden a la Pascua. 40 corresponde a cuatro veces diez y viene del latín quadraginta.
Comúnmente se usa para nombrar un periodo de cuarenta días. Yo hablo de 40 años.
Con sus días y sus noches. Sus encantos y sus locuras. Sus tristezas y sus alegrías. Pero sobre todo su fidelidad.
Si, fidelidad a la vida misma. A la encarnación del ser que no todo ser concibe, conlleva o sobrevive.
Fidelidad genera constancia, lealtad y por encima de todo, sinceridad. Contigo, conmigo, con el mundo entero; nuevamente, con la vida.
Vida a su vez significa sustancia. Sustancia ésta que durante 40 años ha logrado someterse, ajustarse, moldearse y conocerse para dar la cara todos los días de esta vida. Sin prejuicios.
La gente te pregunta que se siente llegar a los 40. Aparte de felicidad, ¿qué más se contesta?
Nunca antes había llegado a esta edad. Nunca había tenido 40 años. Es mi primera vez. Es la única.
Lo celebro eso sí, con gratitud, con solemnidad, con paz en mi alma, en mi mente y sobre todo en mi entorno. El camino es claro.
Celebro incluso aquellos momentos en los que fui incapaz de inscribir los movimientos de mi corazón en un lienzo tan grande como es la faz de la Tierra. Hoy puedo. Tal vez es algo que solo se logra a los 40.
Mi voz sin embargo, es la misma. Con muchas acepciones eso sí. Para cada circunstancia existe una voz. A veces suena diferente pero su origen es el mismo.
De mi voz salen muchos derivados cifrados en una historia irrepetible, que por su valor social logran transmitir un registro único, a veces melancólico y nostálgico de seres cuya permanencia trasciende en el tiempo.
Al tiempo que suceden mis 40, suceden los 76 años de mi mamá. Su actuar puede que sea un poco más definido que el mío, pero estamos a mano. Ella tampoco había tenido 76 años antes. Y así nos presentamos cada año a este juego de la vida en la que cada naturaleza muestra sus cartas y exhibe su propia piel.
No sé a qué edad ocurre, pero como mujer, considerar la adhesión de ti misma, sin escapar de ella sino encontrarte, es confirmar la magia que en ocasiones manifiestas ver o sentir.
Dicen incluso que esa magia que vemos es el espíritu que hay en las cosas. De Beauvoir sostenía que la mujer está destinada a la magia. Y toda magia lleva implícita una intención.
A los 40 tienes muchas intenciones. Todas ellas posibles porque has aprendido que la debilidad del ‘sexo débil’ existe, pero la fuerza de tu ser es aún más consistente.
Y tomas aire. Y te das cuenta que ese aire no te brinda sino más equilibrio. Un equilibrio que se traduce en tu forma de amar. Y descubres entonces que el amor es tu fuente de vida; que es aquello que recubre tu figura y narra tu ser.
Y te niegas a permanecer pasiva. Sigues tu andar sin darte cuenta que has vencido un sinfín de obstáculos que jamás imaginaste cruzar. Pero sigues respirando. Y no te pierdes ni un segundo. Disfrutas cada lapso. Igual todos estamos obligados a respirar.
A los 40 no sabes si estas a mitad de camino. No sabes si te falta mucho o si te falta poco. Vives. En tu máxima expresión.
Eres egoísta, pero también generosa. Y a veces, solo a veces, desearías que el mundo fuera tuyo. Solo a veces porque quizás prefieres que nadie te moleste, que te dejen seguir caminando.
Eres tú. De eso se trata.