En una mañana constante la tierra tal vez no ha terminado su giro. El sol quizás no ha salido.
La aurora impone su majestuosidad avisando que es un nuevo día. Hay silencio, pero no total.
Apenas el necesario para organizar la mente y planear la jornada.
El cuerpo se mueve quizás por inercia, pero está activo y dispuesto a emprender el camino.
En el camino hay obstáculos.
Hay pensamientos conclusos e inconclusos.
Ideas materializadas y sueños en construcción.
Sentimientos a flor de piel y emociones encontradas.
Hay ternura y esperanza.
Levedad e insignificancia.
Templanza y disposición.
En una mañana constante el amor se concreta. Es tangible y apacible.
En el corredor se escucha el murmullo del viento. Ese que regresa cada vez que la mente viaja a lugares desconocidos.
Huele a hoy pero también a mañana.
Se oyen cantos de otrora; música para los oídos. El alma baila. El espíritu guia. El cuerpo responde. El universo está presente.
En una mañana constante, la vida se despliega en mil colores.
El ego quiere acapararlos todos.
El alma elige su favorito.
En una mañana constante, antes de que el mundo haga ruido, yo he ido y he venido.
Manolo se ha leido cinco capítulos de su libro favorito y es factible que se haya olvidado de llevar su lonchera.
En una mañana. Constante. Porque en una mañana sucede una vida.